martes, 14 de agosto de 2012

El día después



Regreso de una semana de vacaciones que he disfrutado en Gijón. Asturias es una maravilla, y el tiempo que ha hecho no ha podido ser mejor. Además de haber visitado algunos de esos puertecitos pesqueros tan pintorescos que salen en las películas de José Luis  Garci y de Mario Camús y donde sirven unas suculentas sardinas con sidra estupendas. También estuve naturalmente, en Covadonga donde los turistas, mezclados con los peregrinos, querían comerse a la Virgen a fotografías, pese a las reconvenciones que el sacristán-guardia les hacía.

Me albergaba en una residencia para sacerdotes muy bien preparada  y situada en el centro más atractivo de la ciudad: junto al Instituto Jovellanos y al lado del largo paseo marítimo que bordea la amplia bahía de Gijón. Mucha gente, muchísima gente que era servida por una ingente cantidad de hoteles, restaurantes, lugares de copas, cafeterías, enotecas y vinotecas (pues el nombre de bar parece en desuso), sidrerías y heladerías  y no sé si para pasear más cómodamente  aun, zapaterías. No he visto densidad mayor de establecimientos de venta de calzado por metro cuadrado que en esta ciudad de Asturias.

Ahora pues he vuelto, y además de lavar la ropa, guardar maletas y rop de abrigo que no ha hecho ninguna falta ya empiezo a recomponer la vida diaria y normal en este tórrido mes de agosto.

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