lunes, 7 de septiembre de 2020

CUANDO TU DICES DIOS...YO DIGO


Los judíos son muy estrictos sobre la utilización del nombre de Dios. Tienen un mandamiento que no solamente legisla sobre el juramento religioso sino también sobre el mismo respeto que a ese ser misterioso que ellos llaman Yahvé y que, por ser la divinidad, es también el innombrable.  En la trivialización que ha hecho el cristianismo de tantas cosas concernientes a la auténtica fe religiosa, está el uso continuo, farragoso, superficial y frívolo del nombre de Dios . Eclesiásticos y laicos se empeñan en nombrarlo sin ninguna clase de reserva ni pudor y son capaces, por santificar lo que sea, de meterlo hasta en la sopa. Pero ese no es el camino. Habría que cambiar radicalmente las cosas y casi, casi, olvidarse de esa palabra o a lo más utilizarla o escribirla ya con letras minúsculas . Tal vez así encontraríamos la esencia misteriosa de lo que con ese término primitivamente queremos identificar . Evitaríamos antropormorfizar (perdón por la palabra) es decir, hablar en términos excesivamente humanos de la realidad suprema y misteriosa en la que los creyentes estamos envueltos. Otra cosa es la encarnación y corporeidad que para nosotros se muestra en Jesús de Nazaret, el Cristo .  No creemos en Dios, sino que creemos en Jesús que es Dios . En ese sentido, a los primeros cristianos los romanos los llamaban ateos.


Un amigo me escribe los siguiente: “Deberíamos desexualizar el lenguaje sobre la realidad absoluta a la que llamamos Dios o Brahmán o Misterio. Desde la tradición cristiana yo digo que Dios es padre y pienso en madre, en padre, hermana, hermano, amado, amada, esposo, esposa: la realidad que me sostiene la vida y me lanza a la vida, que me cobija y me desafía, me trasciende y para mí, es mi todo y mi nada. Desde cada tradición nos servimos del lenguaje humano aunque lo sabemos inapropiado, pero por la analogía o por las paradojas o metáforas, llegamos a poder hablar de lo indecible y saber a qué nos estamos refiriendo”. 

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