El sábado 26 de abril del año pasado me desperté con la triste noticia ya esperada de que el Papa Francisco había muerto. Lo lloramos todos los cristianos. No, -¡corrijo, todos los hombres¡- pues habíamos perdido a alguien muy querido: Un padre y, además, un gran líder (con lo carente que anda el mundo de ellos). El domingo pasado fue el “Domingo del Buen Pastor”. Esa fue la mejor definición de este papa: el buen pastor de la gente normal.
Francisco nos enseñó a todos unas grandes lecciones que parecía que la Iglesia había olvidado: la sencillez, la cercanía, el sentido del humor, y sobre todo el abrazo abierto a todas las personas sean de la procedencia que sean y como sean. Nos dijo algo tan inolvidable y tan sencillamente obvio y tan evangélico como que la Iglesia ”es de todos, todos, todos”
De esto ahora hace un año, y es un tanto penoso que algunos crean que su herencia ya por el transcurso del tiempo, se ha olvidado o se ha perdido. El Papa León XIII, que le ha sucedido, o lo cree así y no lo está recordando constantemente. El sigue muy bien la huella imborrable que dejó el Papa Francisco. Con más relajamiento, más tranquilidad, empeñado también en esa reforma, que tanto necesita nuestra Iglesia.
Mi cariño, mi admiración, mi agradecimiento por el Papa Francisco quieren estar encerradas en estas sencillas letras. ¡Gracias por querernos tanto!
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