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miércoles, 6 de marzo de 2024

SÓLO (ORACIÓN)



Señor, no te pido
 esa otra soledad más difícil.
cuando rodeado de la muchedumbre, 

me siento único y sólo,

incluso rodeado de tantos que me quieren

y cuando de mí ya nadie se acuerda

Te pido esa soledad auténtica

que solo se siente en el alma, 

cuando me hablas a través de mí,

y sólo mi corazón te siente


miércoles, 24 de marzo de 2021

LA LARGA TARDE DEL DOMINGO

 


Desde que hace un año ando encadenado en la mazmorra del confinamiento por causa del coronavirus, he observado que muchas veces siento pasar el tiempo de un modo muy lento. Por ejemplo, las tardes de los domingos se me hacen larguísimas y eso que procuro realizar distintas actividades: después de comer, una pequeña siesta, luego leo el periódico del domingo, después un pequeño paseo y al cavar éste, un rato de lectura. A continuación, escribo alguna cosa en el ordenador.

Se me hace muy larga la tarde del domingo.


Igualmente echo de menos el poder saludar a la gente con cierta normalidad: inclino la cabeza como saludo al estilo oriental o me doy un codazo con el otro o pongo mi mano en el corazón: todos me parecen chorradas. Han desaparecido los rituales naturales de encuentro con personas queridas.


Ya no quedan ni espacios de encuentro ni gestos de amor.


También cuando tengo alguna reunión de grupo, acudo como los demás a ponerme delante de la pantalla y por videoconferencia aburrirme como una oveja contemplando en la pantalla siempre el mismo rostro. ¡La comunicación verdadera precisa el lenguaje corporal! No me aporta felicidad el ver al amigo o a los compañeros en imágenes que a veces se congelan y con el sonido filtradoo de sus palabras.


El desánimo, la depresión rondan por mi alma y contra ellos lucho: pues sé que, para vencerlos, no hay vacuna. ¡Es preciso aprovechar esta crisis para revisar radicalmente nuestro modo de vida!


domingo, 7 de febrero de 2021

ESTE EXTRAÑO TIEMPO DE MAZMORRA


De EL PAÍS

 ¡Este extraño tiempo de pandemia al que uno nunca se podrá acostumbrar!

 

Salgo esta tarde a dar un paseo por las calles del barrio. La tarde del domingo se me hace interminable. Un modo más de romper la monotonía solitaria de este encierro al que estamos sometidos. Es media tarde y por la calle, salvo en la Gran Vía donde apenas si me cruzo con gente, no se ve a nadie: algún vecino que pasea al perro.

 

Las aceras son un desierto y las calles se alargan hasta el infinito.

 

Las tiendas y comercios cerrados aumentan la sensación de silencio. Termino mi paseo. No ha ocurrido nada. La casa me aguarda, oscura y silenciosa, como si fuera una mazmorra. 

 

¿Hasta cuándo?

 

viernes, 10 de julio de 2020

EL VALOR DE LOS AMIGOS



De mis lecturas:
"De joven, les reclamaba a otros más de lo que te podían dar: una amistad constante, una emoción permanente. Ahora sé pedirles menos de lo que pueden dar: una compañía silenciosa. 
Y sus emociones, su amistad, sus gestos nobles tienen ahora a mis ojos todo el valor de un milagro, todo el efecto de la gracia"

Albert Camus "Breviario de la dignidad humana". Editorial Plataforma.

jueves, 5 de abril de 2018

EXISTE EL INFIERNO


¿Existe el infierno?

La palabras del Papa Francisco sobre el infierno, en una entrevista -que al parecer no lo fue, que tampoco se transcribió desde una grabadora de sonido y que fue realizada por un periodista ateo de 93 años ¿todo esto son eximentes?- han provocado un gran revuelo en “las cuevas” donde habitan los monseñores del Vaticano.

El Santo Padre decía en tal entrevista que el Infierno no existe, lo cual puede causar gran estupor en muchas almas cristianas. Que después de morir las almas contemplarán a Dios o sea, el Cielo y los que no, desaparecerán. Así que el Infierno no existe.

Es una explicación que a mi no me desagrada. Tampoco es cuestión que me preocupa demasiado. Creer en el infierno es dogma de fe desde el siglo IV y el Catecismo Católico afirma  con un lenguaje que necesita una urgente revisión -¡y su redacción no tiene ni medio siglo!- “Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y sufren las penas del infierno, el fuego eterno”. " La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira”.

No creo que Papa Francisco se haya salido del guión: si la vida debe ser humana y su felicidad es estar junto a Dios, después de la muerte, en la otra orilla de la vida, si uno no lo encuentra, ya no hay vida y por tanto se podrá decir que “desaparece”. Como él dice: un lugar donde no hay nadie… 

Lo que pasa que, como siempre, algunos algunos que se dicen eminentes teólogos y cuidadores estrictos de la ortodoxia, parecen olvidar parecen olvidar que el lenguaje religioso y el teológico funciona por analogías, símbolos y signos y hasta metáforas. Jesús habla del infierno como el lugar de las tinieblas exteriores, donde el gusano corroe y fuego que no se apaga… expresiones que no hay que tomar al pie de la letra… sino que indican lo que Francisco quiere decir: sin vida cerca de Dios no hay existencia.


La pena es que los enemigos de Francisco, que cada vez son más, se aprovechan de estas paradójicas expresiones para decir que este Papa no sabe teología. ¡Ni falta que hace! Pedro, el primer Papa sabía acaso mucha teología?

miércoles, 28 de marzo de 2018

UNA FORMA DE VIDA QUE ENVIDIO


Aprovechando unos días de estancia de descanso en Soria, hace dos domingos visité el monasterio benedictino de Santo Domingo de Silos en la provincia de Burgos. Hacía exactamente años que estuve en ese pueblecito de Burgos. Como siempre qué prendado de su belleza, de su silencio, con la sensación de estar cerca de lo más esencial y hondo,  en definitiva, de Dios.

Salimos aquel domingo pronto de la ciudad de Soria y en una hora llegamos a tiempo de participar en la Eucaristía de los monjes que celebran con una liturgia cuidadísima, limpia y llena de sobriedad. Era Quinto Domingo de Cuaresma y los textos litúrgicos bellísimos fueron cantados, cómo no, con la mejor música gregoriana. A mí y a mis amigos, nos hacía subir al cielo.

Personalmente de la experiencia de estar en Silos no me atrae muy fuertemente ni el gregoriano, ni su sublime liturgia, ni el maravilloso claustro románico del monasterio. A mí me llama poderosamente la atención y me gustaría tener vocación y actitudes para ello, la vida que los monjes realizan en el monasterio. Ese silencio sobrecogedor que pareces "escuchar", la vida callada y ordenada
puntualmente por un horario fijo y sin alteraciones, donde el tiempo fluye al mismo ritmo que el corazón humano y que hace posible la oración constante y continua en comunidad y en privado en combinación con el trabajo sin agobio y bien realizado. Son muchas las cosas que admiro de esa vida de los monjes, pero para las que no me veo con vocación. Aunque aquí y ahora yo tenga una vida tranquila y en cierto modo ordenada, las interferencias y distracciones ya son un habito indeleble en mi vida.

Y no hablo de memoria, imaginando algo que no conozco. Cuando era un cura más joven, tenía por costumbre irme siempre en primavera de retiro de una semana en dicho monasterio. Fueron unos seis años seguidos,  donde me paseaba horas y horas en oración y lectura por el precioso claustro románico, cuando desaparecían los turistas. Los monjes me acogían en su propio edificio y convivía con ellos, en el refectorio, en la Eucaristía, en el canto de las horas.Allí  era uno de ellos. Pero claro, una cosa era vivir en ese maravilloso orden y disciplina  durante seis días y otra bien distinta estar no sólo una año, ¡sino toda la vida!

Me consuelo a los monjes Dios le ha dado esa vocación admirable ya fuerza de pruebas. También otra: ser cura en medio de la barahunnda de la vida.

sábado, 17 de octubre de 2015

Refugiarse en el silencio


“Hacer meditación es colocarse justamente en ese preciso instante: has sido un vagabundo, pero puedes convertirte en un peregrino. ¿Quieres?

Despertar es descubrir que estamos en una cárcel. Pero despertar es también descubrir que esa cárcel no tiene barrotes y que, en rigor, no es propiamente una cárcel. ¿Por qué he vivido en una cárcel que no es tal?, comenzamos entonces a preguntarnos. Y vamos a la puerta . Y salimos. Hacer meditación es ese momento en el que salimos.”


En estos tiempos de marasmo eclesiástico, de sensación de orfandad episcopal, ¿cómo no refugiarse en la oración y la meditación y en le silencio del corazón? Estos párrafos que esta escritos antes, están tomados del libro de  Pablo D’Ors, “Biografía del silencio”  editado por Siruela, Biblioteca de Ensayo. Estos días ando leyéndolo.

martes, 31 de marzo de 2015

La soledad de los curas




El comentario de la película “Calvary” que hice anoche, me ha hecho recordar un tema que a mí también me afecta: el de la soledad del sacerdote. No es moco de pavo, y además muchas veces permanece semioculto porque los curas no somos muy dados a la confidencia y a mostrar algunos aspectos negativos de los que puede adolecer nuestra "profesión”.

Es verdad que la promesa de celibato si se realiza bien y se vive mejor, palia muchos de los inconvenientes de la soledad sacerdotal. Los curas entonces nos refugiamos en esa otra familia de "hijos-hijas" engendrados en la pastoral y en la evangelización. Esta gente pasa a ser entonces nuestra familia: la llamada comunidad parroquial.

Pero hay momentos que aunque lo sublimemos le otorguemos un auténtico sentido de fe, la soledad (a veces con aspecto depresivo) se nos impone y nos corta las alas.

Soledad que muchas veces no es solamente el efecto de la animadversión y hostilidad que desde fuera de la iglesia, con anticlericalismo u otros motivos, se nos "combate" a los curas. A la hora de la verdad parecemos nadar constantemente a contracorriente.  A veces hasta en broma, porque muchos de mis detractores son mis amigos a los que quiero mucho y a los que llamo cariñosamente “rojos, judíos, masones”.  Pero  también hay otro tipo de soledad que surge  desde dentro de la comunidad eclesial: en muchas parroquias hay feligreses que con extraños argumentos excluyen aíslan y condenan a la soledad a sus sacerdotes.