Escribía santo Tomás de Aquino que la razón humana tenía cinco vías o caminos de acceso al conocimiento de la existencia de Dios. El primero de ellos era la perfección y orden del universo: cómo los astros y las esferas celestes circulaban por el firmamento en perfecto orden y armonía: algo que nosotros hemos podido comprobar y ver en el reciente eclipse.
Ha sido bonita la experiencia de poder contemplar un eclipse total del sol, oportunidad que se nos da al cabo de muchísimos años. A mí me gustaría mucho conocer qué es lo que la gente podía pensar y sentir al ver ese fenómeno astronómico.
Otrora, los eclipses se sentían como un presagio de sucesos funestos. Hoy por fortuna se les considera como lo que son: la conjunción de los planetas y su orden perfecto en el firmamento. Pero aún ahora y todavía he visto el avance de algún programa barato donde se señala al eclipse como la causa de que van a ocurrir cosas funestas: lo que está ocurriendo ahora en el mundo. Las guerras y destrucción en Gaza e Irán, los incendios devastadores del verano, los terremotos de Venezuela, Colombia, y aquí en menor grado en Granada.
En esta cultura europea ya secularizada esa interpretación está muy lejos de la mentalidad de mucha gente. Sin embargo, el pensar en Dios cuando uno contempla un espectáculo o fenómeno de la naturaleza maravilloso y que te conmociona, sí que es posible. ¿Habrán nacido algún sentimiento religioso en el corazón de algunas personas, al contemplar tan bello espectáculo, que la luna se interponga entre el sol y nuestro planeta para que éste quede oculto durante un minuto?
Yo si he sentido que me he acercado a Dios, al igual que me ocurre cuando veo un bello paisaje de montaña: me recuerdan el salmo ocho, que empieza así: ”¡Señor Dios, nuestro que admirable es tu nombre en toda la tierra!” y donde el salmista contempla el sol, la luna y las estrellas, asombrado ante el poder de Dios.
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