El otro día me llamó un buen amigo para comunicarme una gran noticia importante para su vida.
Él es mucho más joven que yo y también es un gran compañero. Siempre me ha llenado de alegría la ilusión y el entusiasmo con los que ha trabajado como sacerdote aún cuando le aconsejo qur “frene” un poquito.
Con la afectuosa voz de la amistad con la que siempre nos hemos comunicado me ha dicho que lo van a cambiar de parroquia. ¡Después de trece años en la parroquia que estaba, lo mandan a una de mayores responsabilidades!
También me alegra que le hayan descargado de algunas cargas que le obligaban y marcaban mucho. Desde aquí yo le felicito, y me llena de alegría e ilusión recordarle en estos días que van a estar llenos de proyectos para sus labores pastorales en la nueva parroquia.
Me ha recordado a mí cuando era más joven y cuando vivía esos días de cambio de vida: me imagino que su corazón va a estar lleno de proyectos para sus labores en la nueva parroquia. Me ha recordado a mí cuando era más joven y cuando vi me cambiaban también de espacio pastoral. Era unos días de sueños de futuro, ilusión, también de preocupación para intentar realizar las cosas de la mejor manera posible.
Le deseo ahora lo mejor, y sobre todo, que siguiendo su vocación de sacerdote, -en estos tiempos, tan frágil y a la intemperie, y a la que hay que cuidar, como si fuera una figurita de cristal-, consiga la felicidad y satisfacción que se merece.
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