La otra
tarde de domingo estuve en el cine con un viejo y querido amigo. Si bien mi
cita con el séptimo arte es casi siempre semanal este amigo mío decía que hacía
más de 15 años que no había ido al cine. Claro que las películas son de otro modo visionadas por todo el mundo y casi diariamente, cuando a través
de otros cauces: emisiones de televisión, reproducción por DVD, a través de
Internet, Pero ver una película en tu casa no es ver un filme en una sala de exhibición,
incluso en estos nuevos cine de multisalas con penetrantes olor a grasa de
palomitas que han desplazado a aquellos cines de nuestra infancia, algo cutres
e incómodos pero familiares, entrañables y llenos hoy de nostalgia. Ir a ellos,
a ver un programa doble tenía un ritual, breve y sencillo que lógicamente
difiere totalmente de la ceremonia de sentarse en el sofá y plantarse delante
del televisor.
Salir de
casa hasta el lugar donde está la sala de exhibición que a veces puede estar
lejana, ponerse en la cola para sacar el billete de entrada, donde puedes
encontrar a otros viejos amigos amantes del cine y con ellos intercambiar
opiniones y comentarios sobre las últimas películas vistas o las expectativas
que genera la película a ver, buscar el asiento una vez dentro de la sala donde
vas a sentarte, elegir tu fila favorita, esperando que la butaca sea cómoda y
alta para que no te tape la pantalla el espectador que está delante, y por
último, encontrarse con una multitud de personas como tú que expectantes del
momento mágico en que se apaguen las luces para comenzar la aventura personal
que vas vivir con el seguimiento de la historia que narra la película.

La
película que vimos mi amigo, al que deseo que rompa el maleficio de su lejanía del
cine y yo en la tarde mi amigo fue “Steve Jobs” dirigida por Danny Boyle, sobre
el personaje del genio de la informática de Apple. Con su exultante éxito y triunfal y meteórica carrera y también con las sombras de su vida
familiar provocada por su ego inmenso y
la equivocada opción de no permitir que lo “humano” y las circunstancias
familiares interfiera en sus proyectos de trabajo. Sentirá la amargura de la
soledad que rodea al genio y del creador. Película irregular aunque brillantemente
realizada y con abundancia de diálogos que en algunos momentos son pura
verborrea. Salvando las distancias, a mí
me recordó a la película de Orson Welles, “Ciudadano Kane”. Incluso aquí se
acude a traumas infantiles para explicar el desdichado rumbo que sigue la vida
del protagonista ya adulto.
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