
La fiesta de los “Óscars” ha acabado este año, víctima de su propio estilo y éxito “kischt”: con un craso error de adjudicación del premio más importante. En el fondo, da lo mismo. “La la land” que era la favorita, es película demasiado blanda, obsequiosa y estomagante para el público, aunque no se puede negar que se puede pasar muy bien viéndola.
Prácticamente de los nueve títulos nominados, he podido ver
siete. Y entre mis favoritas estaban “Comanchería”
y “La llegada”. No he visto ni “Figura Ocultas” ni precisamente “Moonlight”. Ya las veré. ¿Cassey Affleck, mejor actor? ¡Cielo santo!
Los concursos
cinematográficos con alfombra roja (“Oscars”, “Goyas”, lo de San Sebastián), me producen alergia. Son tantas las
estupideces y tonterías que se exhiben que mi estómago no lo soporta. Ver, por
ejemplo, al repelente y decrépito actor Warren Beatty, de carrera artística más
que mediocre, famoso por otros motivos distintos del arte de interpretar, me
produce casi siempre vergüenza ajena. Esta vez, equivocándose, contemplando la
cara de estupor que ponía (¿principios de demencia senil, copas de champan de
más o de whisky u otras sustancias?), viendo cómo le quitaban de las manos el
sobre del premio, ha causado estupor mundial. Al menos, cruelmente sea dicho, me
he reído un rato.
Queridos “Oscars” y demás vanidades: ¡que con vuestro pan os
lo comáis!
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