
El otro gran escritor que murió poco después fue el poeta chileno Gonzalo Rojas. Un poeta existencial e inclasificable, que trascendía en belleza y sensualidad el amor humano. Como los místicos (Juan de la Cruz, Teresa de Ávila), su poesía amorosa, a veces metaforizada en imágenes muy físicas, apuntaba como una flecha hacia Dios. Aquí os pongo, para que disfrutéis, una muestra.
¿Qué se ama cuando se ama?

o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué
es eso: ¿amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus rosas, sus volcanes,
o este sol colorado que es mi sangre furiosa
cuando entro en ella hasta las últimas raíces?
¿O todo es un gran juego, Dios mío, y no hay mujer
ni hay hombre sino un solo cuerpo: el tuyo,
repartido en estrellas de hermosura, en partículas fugaces
de eternidad visible?
ni hay hombre sino un solo cuerpo: el tuyo,
repartido en estrellas de hermosura, en partículas fugaces
de eternidad visible?
Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra
de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar
trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una,
de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar
trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una,
a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso.
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