Acabo de escuchar y ver en mi televisor, con una buena reproducción sonora y de imagen, la Séptima Sinfonía de Gustav Mahler, que compuso en 1905, llamada “Canción de la noche”. Y no puedo dejar de transmitir la emoción y los sentimientos que a los que me ha inducido esa música.
No es una sinfonía tan conocida por sus múltiples interpretaciones como la Primera (Titán) , o la segunda (Resurrección) o la Quinta, célebre por su “adagio”, pero es Mahler puro, el artista más clarividente del siglo XIX y XX, cuya muerte esta año de 2011 hará un siglo.
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Atardecer en el Nilo, 13 de enero de 2011 |
Escuchando esta sinfonía –como en las demás otras- he sentido lo mismo que me pasa a mí en mi vida cotidiana y o lo que debió vivir él en un tiempo tan convulso como el que le tocó vivir: depresión y euforia, angustia y esperanza, certezas y contradicciones, fracaso y triunfo, debilidad y fortaleza. Dejarse llevar por su música es como abandonarse en las olas del mar, ligeras y suaves, encrespadas y gigantes. En su música brama la humanidad y susurra el espíritu y cabe todo: la ternura y la caricia y también la crueldad y la violencia. Al final queda siempre sin embargo un regusto de dulzura y de esperanza.
La versión que he visto y escuchado es la de Claudio Abbado, dirigiendo la Filarmónica de Berlín en el festival de Lucerna de 1997. Maravillosa.
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