Esta mañana mi oración ha sido por escrito y me ha salido una larga carta a Dios. Transcribo para vosotros su principio:
¡Cuántas veces, Señor; oímos que te haces fuerte en nuestra pobreza, en nuestra debilidad, en nuestros fracasos, en nuestros miedos, en nuestras humillaciones, en nuestras soledades, en nuestras dudas!
Tú viviste ese miedo, ese fracaso, ese dolor, ese sufrimiento, esa soledad.
Sé que tengo que tener esperanza pero a veces, Señor, el dolor de la vida me puede, y me encuentro débil, pobre y fracasado, humillado, solo y encima, sin ti.
Sí, Señor, a veces quiero ver y no me doy cuenta de nada, de nada de lo que hago, el daño que genero, de que mis manos aplauden lo que mi alma desprecia. Quisiera ver el sentir de la gente que me rodea y antepongo mi ego al suyo. Señor, no sé por dónde, no veo nada; pero a veces siento frío, mucho frío… Sé que he de fiarme de ti, pero estoy helado, no encuentro ropas para seguirte, y no oigo tu voz que me consuela, ni siento tu mano que me acaricia...
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