Despedida.
Esta mañana, en la sala cuarta del hospital donde estoy curándome de mi larga enfermedad, hemos despedido a N., la paciente que ocupaba la cama de la habitación contigua a la que yo habito.
Cuando uno por alguna enfermedad tiene que ser hospitalizado si es duntrante un corto periodo, muy pronto las personas, lugares y sitio caen en el olvido. Pero cuando la hospitalización es prolongada la memoria se llena de recuerdos a los que te agarras y que no quieres olvidar. ¿Diré que durante mi larga estancia en el Hospital del Doctor Moliner he vivido intensamente algunas de las experiencias más profundas y bellas de mi vida? Me gusta llamar a tal hospital con su nombre más popular de Portacoeli (=“Puerta del Cielo”) porque aunque pueda parecer un sarcasmo, entre los grandes dolores y oscuros sentimientos vividos en la sala de los enfermos y en los gimnasios de rehabilitación, ha habido grandes momentos de felicidad y gozo que me hacían pensar si no estaba ya pisando el umbral del Cielo.
Hoy, como digo, hemos despedido pues, a una enferma, a quien le han dado de alta. Hemos salido al pasillo a aplaudirla y despedirla, los médicos que la han tratado, enfermeras y auxiliares que la han cuidado, celadores que la han prestado su pericia, las chicas de la limpieza y algunos de los pacientes… todos los de la sala, porque forman todos ellos un gran familia y demuestran que la profesionalidad, la empatía, la abnegación, la paciencia son los distintos nombres del amor que a la suma es lo que alivia y cura de verdad a los enfermos y procura su felicidad.
“Deo mediante et adiuvante” el próximo día 22, día del sorteo de Navidad, me darán de alta a mí también. Será un día de inmensa alegría porque regresaré a la vida ordinaria, pero de profunda nostalgia porque comenzaré echar de menos a tantos amigos y amigas que he conocido. En fin, también aquel día me habrá tocado “el Gordo”.




