YA HACE veinte días que salí del hospital. Antes de ello, el gran deseo de estar ya en la calle quedaba amortiguado por el miedo a saber si conseguiría adaptarme a las casi olvidadas formas cotidianas de la vida ordinaria . Porque abandonado el cuidado extremo, eficaz y cariñoso que me dieron en el hospital, tendría que valerme yo sólo. !Pues en ello estoy! Trabajosamente y más despacio de lo que yo quisiera, voy a adoptándome a las nuevas circunstancias.
Pero junto a estas dificultades están también estas pequeñas alegrías y satisfacciones: pasar con mi andador por la puerta de un colegio y oír la algarabía de los niños a la hora del recreo, celebrar la Eucaristía con mi comunidad parroquial, ir a comprar a mercadona, tomar un café con algunos amigos, superar algunos obstáculos de las aceras que parecen insalvables, saludar a mucha gente que se preocupó por mí…
Sé que los médicos hicieron mucho por mí, al igual que mis familiares, y amigos y también mi propia voluntad. ¡Me siento un superviviente! Por eso doy las gracias al Dios que sana en el que estamos todos. "Proclama mi alma la grandeza del Señor"

