Escapando
de la encerrona en casa que durante el día me somete el terrible calor de este
verano, he salido un rato a pasear a última hora de la tarde por los jardines del
viejo cauce del río. Corría ya una brisa algo refrescante, aunque el suelo
todavía despedía el calor acumulado de este cruel sol veraniego.
Allí me he encontrado, para mi sorpresa, con una imagen de la Virgen,
cubierta de cintas y medallas de abigarrados colores, que habían colocado
encima de un muro corto de altura. Con flores, con velones encendidos, dos mujeres la
custodiaban. Me he acercado a ellas y les he preguntado qué imagen de la Virgen
era aquella. Me han dicho que era la Virgen Urqupiña, de gran devoción en Bolivia. (Después me
entero que esta virgen, llamada así, es
una advocación de la Virgen Asunta que se venera el 15 de agosto en la ciudad de Quillacollo,
capital provincial que se encuentra a 13,85 km de la ciudad de Cochabamba en Bolivia).

A
mí me ha dado un poco de lástima ver a esta gente, trabajadora, sencilla y humilde,
indiecitos en su mayoría, que tengan que buscarse un parque público para celebrar
esta fiesta religiosa que les recordará a su añorada y lejana patria. La visita ayer del Papa a Bolivia, llena de cariño, entusiasmo, de respaldo a ese país que parece olvidado es algo que me consuela.
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