
En este sentido, los hermanos mayores y presidentes tienen que ser ejemplos y modelos de estos aspectos de las cofradías. Un hermano mayor no puede ser una especie de monarca sin corona que se limite a presidir y representar en los actos solemnes y honoríficos a su hermandad, para lucir el tipo, para satisfacer su “ego”. Debe ser un cristiano cabal, que cumpla estrictamente con sus deberes religiosos: misa dominical, recepción de sacramentos, ejemplo de vida y se sienta orgulloso y consciente de que pertenece a la Iglesia y participe con ilusión y energía de las actividades de su parroquia. Aunque los curas a veces nos propasemos en celo pastoral, los miembros de las cofradías no deben ser “santos” ni “beatos”, han de ser cristianos. Lo mismo hay que decir de todos los miembros de las cofradías y en especial de los que ejercen algún cargo dentro de ella. No se puede admitir lo que un día un Hermano Mayor en un arrebato de sinceridad, me dijo: “Yo creo en la imagen de mi cofradía, pero no creo en la Iglesia!”. Sería como ser presidente de una sociedad protectora de animales y los domingos irse a cazar.
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