Todos sabemos que los santos son señores-as que están en el cielo y cuyas imágenes veneramos en las iglesias. También representamos sus (muchos hipotéticos) retratos en pinturas y estampas que tenemos guardados entre las páginas de algún libro o adheridos en el cristal de algún cuadro o en la mesita de noche.

Para qué sirve un santo? ¿Para hacer milagros? ¿Para llenar las hornacinas de los templos? ¿Para que sus seguidores puedan imponerse como una tendencia de poder en la iglesia, para sentirse con derechos dentro de ella?
A mí me desconciertan mucho las causas de beatificación y canonización de los santos últimos que, sobre todo el Papa anterior, ha ratificado demasiado tranquilamente. Veo cómo Monseñor Romero, o Helder Cámara u otros que no son de la cuerda actual de la iglesia andan demasiado olvidados. Sin embargo con motivo, en el próximo 1 de mayo, de la beatificación de Juan Pablo II, a quien admiro en algunos de sus aspectos pero en otros, no, se ha creado una especie de histeria colectiva en cierto movimiento de la Iglesia a que a mí me preocupa.
Como la cuestión de la devoción a los santos no es dogma de fe (solamente verdaderamente hay un Santo y ése es Dios y a todos nos hizo santos por el bautismo) no me da reparo en opinar así y afirmar que un santo debe servir para ser señalado como ejemplo de vida cristiana.
No hay comentarios:
Publicar un comentario