El viernes pasado tuvo lugar en la parroquia que regento el Pregón de la Semana Santa Marinera de Valencia 2011. El pregonero fue el torero Enrique Ponce. A uno se le encoge el corazón y se le aparece la perplejidad al pensar que un discurso sobre cosas tan sagradas como son la pasión, muerte y resurrección de Cristo se le encomienden a una persona que se dedica al bello arte de Cuchares.

Y es lo natural: como lo es este matador de Chiva. Muy delgado, elegante, con un aire de sencillez que se confunden con timidez y discreción. Ni qué decir tiene que el templo estaba a rebosar, que los políticos de la ciudad –la alcaldesa al frente- ocuparon los sitiales de honor y una nube de fotógrafos y cámaras incordiaba con el centelleo constante de sus flashes.
Al final del todo habló el Arzobispo. A mí en verdad no me gustó mucho. Agradeció a Ponce su “valentía” (¡) por declararse creyente en público, (como si viviéramos ahora en el siglo de Diocleciano) y habló de tolerancia y "tolerancias": todo el insoportable y catastrofista discurso oficial de la actual Conferencia Episcopal. Una pena, porque podía haber aprovechado algunas de las bonitas ideas que Ponce expuso en su bonito Pregón de la Semana Santa.
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