Aunque incipiente y tímida debido a la prepotencia de este invierno pasado, que ha sido largo y duro, nadie puede poner freno a ese deseo que la naturaleza tiene de volver a nacer, a reverdecer, a engendrar vida a granar en frutos.
En mi ciudad de Valencia, mediterránea donde las haya, la vemos en este naranjo ciudadano florido a tope de azahar, que de noche embalsama el ambiente con su perfume acariciante o en el aspecto que tiene la playa cercana a mi casa hace dos domingos pasados al atardecer, donde la luz parace inmovilizar el aire.
¿Quién puede soñar más? ¿Quién, resistirse a sus encantos?
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