El pasado domingo
fue el Día del Papa. Se hace coincidir con la festividad de San Pedro y San
Pablo, ahora trasladada al domingo posterior al día 29, que es su día original propio.

¡Qué difícil es para
la Iglesia, después de tanta agua pasada bajo el puente de la historia,
retornar a la sencillez! Ahí tenéis una foto de cómo visten al pescador Pedro
en el día de su santo: hasta las humildes sandalias son calzadas con otras más nobles
sandalias.
El domingo pasado,
pues, se me hacia dificultoso en la homilía hablar del Papa y del “Óbolo de San
Pedro”. ¿Recordáis aquel pez que pescó
Pedro y en cuyo vientre había un denario para pagar impuestos? Ahora el óbolo
es la limosna que se manda a Roma para las obras de caridad del Papa.
Independientemente de
los discursos negativos, hay uno para mí que es
muy positivo: que el Papa es un ser humano como yo (como lo fue San Pedro)
y que arrastra sobre sus hombros sus errores y pecados. Como todos. Que es un hombre muy inteligente, bueno y digno y del que todos sabemos que no buscó ser elegido papa; que
con estos pros y contras es el sucesor de Pedro: un eslabón de esa larga cadena
que se remonta hasta el pescador; que en cosas que no atañen a lo fundamental
puedo disentir y opinar; que en lo que respecta a la fe y moral fundamental
reveladas en los evangelios tiene la última palabra.
Y por último y
sobre todo que tengo -¡tenemos!- que
rezar por él.
No hay comentarios:
Publicar un comentario