miércoles, 11 de noviembre de 2015

Escuchar el silencio



Hay un proceso de evolución del silencio. Primero es un sordo rumor, un murmullo callado, un zumbido mudo que parece colarse por los oídos, que te "extraña" de ti mismo.
¿Qué me pasa? ¡Parece que tenga el oído taponado de cera! Luego, tras un breve tiempo ese silencio total se dirige a tus interiores y allí se instala. La vista, el tacto se hipersensibilizan y captas de inmediato cualquier mensaje que te llega.

Después, viene la otra fase en la que el silencio se instala en tu corazón, y comienza como a hablarte. El silencio entonces se torna sonoro, de modo que oyes "voces" dentro de tu interior.
Qué fácil es, instalado en este silencio, escucharte a ti mismo y a lo más profundo de tu ser. Qué fácil es, qué sencillo entonces, escuchar la voz de Dios a través de la reflexión, la meditación y la oración.

Ando de retiro estos días en el Monasterio de Santo Espíritu del Monte en Gilet,convento de franciscanos, donde reina el más absoluto de los silencios. Estoy, lógicamente, ejercitando mi espíritu gracias a ese callado sonido silencioso. y disfrutando de encontrarme conmigo mismo y con Dios. En medio de esta quietud del alma, que fácil es entonces desde esta situación mirar a la cara a las grandes cuestiones: si estás aprovechando de verdad lo que es la vida, como cargarse de resistencia para sobrellevarla, qué hacer para vivirla con más intensidad, profundidad y plenitud, que es, al fin y al cabo, lo que Dios me pide. ¡Por eso se que el Gran Silencio que es Dios se hizo Palabra!

lunes, 9 de noviembre de 2015

Gilet, en la Sierra Calderona: ¡qué cerca del umbral!


Estuve la semana pasada en los Pirineos, concretamente en el valle de Tena. Fue una breve escapada de dos días. Allí uno quedaba sobrecogido por las soberbias cumbres de los altos montes que ya comenzaban  a coronarse del blanco de las primeras nieves. El paisaje de otoño, pintado de colores rojos, ocres y amarillos te dejaba impactado hasta el delirio. Los arroyos y torrentes, adivinando ya la parálisis de sus primeros hielos, corrían por las laderas, saltaban por las torrenteras. Tal es la belleza de la alta montaña y que siempre se queda en el recuerdo de tu corazón. Cuando yo ando muy agobiado y estresado, acudir a la memoria de esos paisajes es un auténtico alivio.



Ahora estoy en Gilet, en la Sierra Calderona, haciendo ejercicios espirituales, alojado en el monasterio de Santo Espíritu, en medio de sus hermosas montañas, menos espectaculares que las de los Pirineos, pero con igual encanto, y aliento de paz. Sales a pasear y por los caminos sólo se oye el leve y continúa zumbido de las abejas, volando de una a otra flor para libarlas. El brezo, el romero, tomillo están todos en flor. Las “varas de San José”,  el "raim de pastor", el "margalló", las carrascas, las jaras, las murtas  y el esparto, han reverdecido gracias a las copiosas lluvias de hace unos días. Estamos en otoño, pero parece primavera. El silencio es total, y el día soleado, apacible, agradable. A lo lejos, se oyen voces humanas que parecen dar alma a las laderas de los montes tapizados de pinos verdes. (Gilet está a 30 km. de mi casa).

Qué fácil es aquí, junto con la oración y la meditación, encontrar tranquilidad y sosiego. ¡Estoy en el umbral de la Zona, casi en el paraíso!

sábado, 7 de noviembre de 2015

"Truman" una reflexión con humor sobre la muerte


Cesc Gay, el cineasta barcelonés nacido en 1967, dice de su filme que "Truman"es un intento de navegar con humor por los asuntos tristes de la vida".

"Truman" es la historia de Julián (Ricardo Darín) que es un actor argentino afincado ya bastantes años en Madrid y que, víctima de un cáncer terminal, ha decidido no recibir más tratamientos para evitar su muerte anunciada.astantes años en Madrid y que víctima de un cáncer terminal ha decidido no recibir más tratamientos para evitar su muerte anunciada. Tiene un perro que se llama Truman, al que quiere encontrar una familia que se quede con él después de su muerte. A visitarle acude desde Canadá un viejo amigo inseparable desde la infancia, Tomás (Javier Cámara), al cual hacía mucho tiempo que no veía y, que, pese a su advertencia, intenta convencerle que se replantee la situación tan grave de su enfermedad. En la película pues nos encontramos a dos hombres, el uno lleno de dignidad y entereza afrontando el final de su vida, y el otro, lleno de bondad y generosidad intentando hacerse merecedor de la confianza puesta en su amistad.

Viendo "Truman" no he podido dejar de recordar aquel poema-oración que escribía el poeta Rainer Maria Rilke: "Señor, da a cada uno su propia muerte, El morir que brota de su vida, para que tenga amor sentido y urgencia. Porque somos nosotros la corteza y la hoja. La gran muerte que cada uno lleva en sí es el fruto en torno al cual gira todo." Y es que esta película, que en ningún momento aburre ni te sume en profunda melancolía, en serio y en broma, con unos diálogos llenos de naturalidad, sin enfatismos, e introduciéndote en los mecanismos de lo que es la auténtica y fiel amistad, te hace precisamente pensar en algo tan trascendente como la muerte. Y entre ellos, el perro Truman, un un bullmastiff, una mascota que es el símbolo de esa generosidad y fidelidad que se construye entre los dos amigos y, a la vez, de la actitud y posición ética ante la vida y la muerte.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

La visita de un alumno
















Esta tarde he tenido una honda satisfacción cuando me ha visitado un antiguo alumno de mis clases de instituto al que no veía desde casi 25 años (ó más). Me había seguido la pista desde que se fue del instituto y hoy ha venido simplemente para saludarme y para darme las gracias por lo que yo, como profesor, y según me ha dicho, he influido tan positivamente en su vida. 

Diré que esto es verdaderamente emocionante y que simplemente me corrobora que hay mucha gente que ha pasado por nuestra vida, llena de nobleza y con un corazón agradecido. Me dice que otro profesor (que le daba geografía e historia) y yo hemos sido los dos maestros que siempre ha recordado, y que en muchos aspectos les hemos influido en su vida. 

 Fui profesor suyo en dos materias: Religión y Medios Audiovisuales (les enseñaba radio, fotografía, televisión y cine). De mi clase de religión me dice que gracias a la imagen de Dios que yo les explicaba, nunca ha perdido la fe. Para mí, pobre cura, es esto algo muy grande y doy gracias a Dios, porque ha sido su Espíritu, no yo, quien ha obrado tal cosa. De las clases de Medios Audiovisuales que yo impartía (fue una asignatura en cierto modo inventada por mí y que conseguí instaurar en el currículo escolar, cuando aun ni siquiera había comenzado el “boom” de los estudios de la imagen), me ha comunicado que aquellos conocimientos de fotografía que le enseñé aún ahora le sirven para aprovechar su todavía gran afición a la fotografía. También le transmití la apasionada afición al buen cine que hoy tiene. Sigue recordando con entrañable entusiasmo mis explicaciones de las películas de Alfred Hitchcock que yo utilizaba como método para aprender el lenguaje del séptimo arte, los géneros y la historia del cine y la construcción de los guiones cinematográficos. Mi memoria también me traslada a aquel tiempo en que, como profesor, yo aprendía tanto de mis propios alumnos.

 Me ha dado las gracias por todo, y yo también le he correspondido por ese bondadoso recuerdo de los tiempos en que, joven todavía, me dedicaba en alma y cuerpo a la enseñanza y educación más ilusionada de la gente joven. Estas cosas te aumentan la alegría de vivir, la autoestima y el optimismo y la esperanza de que sigue siendo posible un mundo mejor. Este antiguo alumno que me ha visitado me lo ha demostrado.

lunes, 2 de noviembre de 2015




Hoy, Día de Difuntos, en nuestra parroquia de San Antonio de Padua  ofreceremos el Sacramento de la Eucaristía por nuestros difuntos.
Será a las 12:00 de la mañana y a las 7:30 de la tarde.
¡Dales, Señor, el descanso eterno!

Leyendo "El monte de la ánimas"


Esta noche es la “Noche de las ánimas”. La noche siguiente del día de Todos los Santos que inevitablemente me recuerda a mi infancia, cuando aún se vivía en el feliz aislamiento de los hoy omnipresentes medios de comunicación y el mundo no era una aldea global sino una aldea bien local.

En la tarde, pues,  de Todos los Santos, la víspera del Día de Difuntos, íbamos con nuestra familia al cementerio., mientras los mayores, llenos de melancolía, visitaban las tumbas de los seres queridos. Los críos nos juntábamos, nos susurrábamos historias de terror y cogíamos las piñas de los alargados cipreses y nos comentábamos que si las partíamos por la mitad, aparecería la faz de las calaveras. Después, al regreso, comíamos en un cucurucho de papel las primeras castañas asadas y antes o después de cenar, la abuela nos contaba algún cuento de terror, que nos ponía el corazón acelerado y los pelos de punta. No sé si aquella noche dormíamos muy bien. Pero no existían los escrúpulos y precauciones que hoy tienen los mayores con los niños para no traumatizarlos.

Después,  ya adolescentes, seguíamos escuchando otras historias terroríficas y yo como muchos otros, acudía a leer las leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer, los relatos de Lovercraft, o las historias de Henry James.

Así que ahora mismo, antes de acostarme, para situarme en esta noche de espectros, fantasmas y aparecidos (los zombies aún no se conocían) me voy a leer la preciosa leyenda de Bécquer "El monte de las ánimas". A mí me sigue pareciendo espeluznante. Os invito, queridos amigos, a que hagáis lo mismo.