Esta mañana he tenido que ir a la librería que distribuye en exclusiva los libros del Itinerario Diocesano de Renovación, que ha propuesto para toda la diócesis nuestro Arzobispo, y me he encontrado con la agradable sorpresa de una edición recién alumbrada de los diarios de mi admirado cineasta Andréi Tarkovski, uno de los más grandes, y casi desconocido, director de la historia del cine.

El nombre que él les dio hace referencia a la situación que él, o cualquier intelectual ruso, vivió en la Rusia soviética, donde, -como los primitivos mártires cristianos eran obligados a quemar incienso ante la estatua del César- la conciencia y la inspiración artística tenían que doblegarse a las razones del tiránico Estado de la URSS.
La velada nocturna de hoy la voy a dedicar a disfrutar del libro de este mi preferido director que sólo pudo hacer ocho películas, todas ellas obras maestras.
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