
Yo me he deshecho de dos inseparables o agapornis que aparte del plumaje muy vistoso –azul “purísima”- eran un latazo. Asustadizos como nadie, no había quien se les acercara ni para contemplarlos. Sucios como pocos y derrochadores de comida que desparramaban por todas partes. Para colmo, la hembra (esto no es machismo) le daba unas palizas a picotazos al macho que yo temía por su vida. Así que se las regalé a mi amigo Pablo para que los metiera en su pajarera y este me obsequió con estos tres pajaritos diminutos, simpáticos y exóticos -se llaman diamantes- que es la única compañía que tengo en casa. Estos son casi imperceptibles, limpios y llenos de mansedumbre.
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