Desde la encumbrada ermita de El Remedio de Chelva, donde ayer estuve comiendo con unos amigos, sale una carretera vecinal bastante amplia que lleva hasta la aldea de Ahíllas, un pequeño y perdido caserío, cruzado por un arroyo, y que parece pintado por el pincel de un artista japonés. Desde allí, una estrecha carretera, que antes fue senda de piedras y tierra, practicable difícilmente por el coche. Los hielos del invierno, las lluvias de la primavera lo tornaban en un camino, lleno de aventura, donde las ruedas de mi Seat 850 patinaban por los grandes charcos helados, o se embarraban hasta quedar trabadas por el lodo).
Ayer tarde volví a recorrer ese camino,
decorado por el oro de los chopos, el bronce de las últimas hojas de las viñas y
el ocre de los campos recién labrados y sembrados, hasta llegar a La Yesa, el
pueblo de
la Alta Serranía donde inicié la práctica de mi vocación de sacerdote.

¡Cuánta
ilusión, ingenuidad, bisoñez había en mis primeras actuaciones pastorales en
ese pueblo, tan entrañable hoy para mí!
Repartía también mis cuidados pastorales en la aldea de la Cuevarruz de
Alpuente, en Abejuela en la provincia de Teruel y en Cervera de Arriba y
Cervera de Abajo dos aldeas a punto de despoblarse de la provincia de
Castellón. Así que era sacerdote a la orden de nada menos que tres obispos.
(Con la poca gracia que a mí me hacen, aunque me debo a ellos en respeto y
obediencia).
Hacía
casi diez años que no me había llagado hasta allí. Aunque por muy poco tiempo,
con mis tres amigos, ayer estuve en La
Yesa, ayer recordé mis primeros años de cura, ayer fui feliz.
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