Donde estuvimos fue por la zona de la Muela de Cortes, una comarca recóndita y prácticamente desértica donde el monte se hace indómita furia de peñas, farallones, crestas y balcones de rocas que el sol de febrero tornaba rosa, y donde el río Júcar se abre camino entre hoces y barrancos. Vimos de todo: la majestuosidad de la tierra, el desierto de los montes de piedra, yermos porque la erosión no permite el crecimiento de la vegetación. También colinas y laderas -otrora frondosos bosques de pinos que el fuego desbastó- y donde ahora brota lujurioso el esplendor del bosque bajo, con sus espinos y aliagas, madroños y palmitos, romeros y brezos, retamas y jaras. Los pinos nacientes, ahogados entre tanto matorral, asomaban tímidamente pidiendo paso.
Pocas horas transcurrieron, pero bien disfrutadas, en un día espléndido con la misma luz que desprendían los almendros florecidos, y que nos regaló este extraño veranillo del mes de febrero. El contacto con esta naturaleza, tan salvaje y desértica que parecía recién estrenada, lógicamente me rejuveneció y relajó. Un inapreciable regalo.
¡Beatus ille!
ResponderEliminarEl encuentro con nuestra madre Naturaleza, si aún no estamos lobotizados siempre nos enriquece. la Naturaleza es obra del Creador y todos nosotros tenemos la obligación de ser cooperantes en esa obra inconclusa. Desgraciadamente nuestra presencia , en la mayoría de los casos la corrompe.
Respecto al pensamiento de Trías, quisiera indicar que lo que más agradezco al Creador es el darme: la existencia, la inteligencia y la libertad; las dos últimas son, las que me permiten un acercamiento personal al Padre.